Cuando cuestionar y asumir se contradicen.

Hablamos de cuestionarlo todo mientras asumimos que sabemos lo que las otras quieren, desean. Por momentos, podemos pensar que la similitud de discursos son una prueba tangible de que vamos en la misma vía, pero no, resulta que las palabras no son las cosas. Y no tiene nada de malo. Que placentero es sentirse a gusto con la otra, conversar de las cosas que nos interesan, tener la capacidad de ver la belleza de la misma forma… ¡la comodidad! La peligrosa comodidad… ¿Pero ¿qué pasa cuando no? ¿Cuándo no logramos ponernos de acuerdo, cuando me entero que somos diferentes, que vamos a distintos ritmos, que nos habíamos pensado distintas cosas, porque somos el producto de tantas otras y solo apenas vinimos a coincidir? ¿estamos preparadas para esto?

Nos decimos libertarias… tal vez porque nos cuestionamos, tal vez porque no consideramos verdades absolutas. Y si no hay verdades absolutas ¿Hay etiquetas absolutas? ¿Tenemos un manual para ser anarquista, libertario, feminista? ¿Existe una formula definitiva? Yo creo que no y en estos casos solo queda dudar de todo, incluso de los dos o tres pasos que ya caminamos, dudar todas las mañanas de esto que hacemos, argumentarse porqués y sin son suficientes, seguir.

Que si idealista o no… Claramente sí. Efectivamente todas lo somos, idealista es pensar, desear, luchar por lo que no existe, por lo que no está, por lo que no es, por aquello que no tengo, que no toco ahora. ¿Acaso no es lo que hacemos? Porque… ¿Queremos un mundo nuevo o por el contrario solo queremos matizar un poco el que ya tenemos?

Y esto que les digo me importa y no me importa a la vez. El importar no tiene que ser siempre negativo. Me importa en la medida en que deseo decirlo, que quiero compartirlo, porque me reprocho todos los días, el tiempo que pasé aceptándolo todo, por completo, así sin más, sin saber que “el silencio compromete”. Pero no me importa el que ustedes me den la razón, no me interesa colonizarlas, no me interesa reproducir esa puta imagen de mesías que siempre ha estado en nuestras vidas y que ahora odio con todo mi ser. La misma responsable de nuestros retrasos, la que siempre encontramos en la casa, en las escuelas, en el colegio, ¿qué tan fácil? ¿qué tan probable es que un día llegáramos aquí y nos deshiciéramos de ella por completo, de una vez por todas? Porque ¿Llegamos aquí y a la mañana siguiente, de la nada hemos despertado con el afán de hacerlo todo por nosotras mismas, sin delegarlo a la otra “que lo hace mejor”? ¿Es una fórmula mágica que crea una sincronía en la que todos somos sacudidas y desordenadas a la vez?

Que bueno sería deshacernos de esos viejos vicios, de esas viejas costumbres: asumir y juzgar

¿Por qué no lo dices? ¡Que estupidez! ¿Y si lo estúpido es simplemente lo que no entiendo? Es tan fácil decir, gritar, rebelarse cuando nadie nos ha enseñado a hacerlo. ¿Basta el deseo para acabar con todo lo que nos duele?

Aquí no hay que empujar a nadie

Ni hacer las cosas que nadie más hace. ¡Somos la sociedad del rendimiento!

Pero no importa, acá trabajamos desde el deseo y nos seduce el haber podido cambiar el “deber” por el “poder”, en palabras de Chul Han

El sujeto del rendimiento, como empresario de sí mismo, sin duda es libre en cuanto no está sometido a ningún otro que lo mande y que lo explote; pero no es realmente libre, pues se explota a sí mismo, por más que lo haga con entera libertad. El explotador es el explotado. Uno es actor y victima a la vez”

Una explotación más eficiente, unida al sentimiento de libertad. Una explotación posible sin dominio un “tu puedes que ejerce más coacción que un tú debes”

El “Miedo Y La esperanza” que Goethe nombra como los dos grandes enemigos del hombre. En este caso, la esperanza al “proyecto”, al cambio visible, a la gratificación, al resultado. Y el miedo de la culpa, al fracaso, que en este caso es intransferible. Soy yo quien lo he asumido, soy yo quien he fracasado

Estamos tan putamente acostumbradas a aquello que nos ha enseñado este sistema, la institución nos ha dicho que el éxito de lo que se hace termina siendo lo que se puede ver, lo que se puede medir ¿En qué número de espacios tenemos incidencia? ¿Cuántas charlas, actividades, personas convocamos? ¿Cuántas lecturas, cuantos conceptos utilizamos? ¿Qué tan convincente es nuestro discurso?

¿Esta una forma de demostrar qué tan aptos somos para cambiar el mundo? ¿Qué tan acertadas somos? ¿Cuánto hemos “crecido”? o acaso ¿Cuánto es nuestro interés y deseo? Si es así, estoy confundida… Creo que nos hemos tragado entero el discurso de la meritocracia

Entonces, dejamos de lado las preguntas básicas o pensamos que basta con preguntar una única vez un ¿qué queremos? Y ¿qué significa realmente construir juntas? No es fácil dejar la tonta costumbre de andar cavando fosas para las otras y pretender que eso es ayuda.

Creo que hemos dicho alguna vez que el amor nos mueve, pero no está de más preguntarnos de nuevo ¿cuál amor? ¿si un amor cómplice? ¿o de qué tipo? Acaso un amor que no contradice para liberar a la otra de la angustia de saber que no tiene la verdad, que yo tampoco la tengo y que el cómo se transforma cada día.

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